martes, 25 de marzo de 2014

Capítulo 1: La oscuridad de la noche

Buenas noches, ávidos lectores, apasionados de la literatura o simplemente curiosos de nuevos sentimientos y nuevas historias. ¡Aquí estoy otra vez! Y como lo prometido es deuda, tras mostraros la introducción, os traigo el primer capítulo de La oscuridad de lo oscuro.
Por favor, si lo leeís, os ruego que dejéis algún comentario, ya que me encantaría saber qué os parece, y además acepto sugerencias, críticas y demás opiniones =)
Y sin enrollarme mucho más aquí os lo dejo, espero que os guste y lo disfrutéis.


1. La oscuridad de la noche.

Me encontraba en mi habitación, tumbada sobre la confortable cama, haciendo una de las cosas que más me gustaban en el mundo, leer. Meterme en las historias de las páginas de libros como “La sombra del mal”, o “La mirada del hombre lobo”, me tenían entretenida, y de esa forma mi cabeza no empezaba a pensar, a cavilar cosas, cosas que era mejor no recordar. Fuera, el cielo encapotado dejaba caer enormes y frías gotas de lluvia que se estrellaban contra los cristales de las humildes ventanas de mi piso en Waterville (Washington). Odiaba la lluvia, en tardes frías como esa el silencio era una de las pocas cosas que apreciaba, pero el estruendo de los truenos y el olor a tierra mojada me impedían concentrarme. Lluvia…otra de esas cosas que me hacían recordar. Miré a mi alrededor, estaba completamente sola, las paredes negras de mi habitación reflejaban mi estado de ánimo.
Mi vida había cambiado de un día para otro, hacía apenas tres meses las paredes de mi habitación eran color lila, y en mi mp3 solo había canciones pegadizas, comerciales. Disfrutaba de las cosas habituales, me encantaba ir al cine, salir de compras. En definitiva, me divertía. Me gustaba saltarme las normas, como a cualquier adolescente. Llegar tarde a casa de vez en cuando, no hacer los deberes y engrosar la factura de teléfono. Ahora detestaba cualquier cosa que pudiera recordarme a aquellos tiempos.
Ya no había normas que infringir. No, no las había. Ni amigos con los que salir, y a los que llamar. Mis notas eran excelentes. No existían las preocupaciones. Comer, dormir, ir al instituto, lavar la ropa, limpiar la casa y leer. Ese era mi planning semanal. Henry casi no aparecía por casa, el perfecto padre empresario, ese que nunca estuvo ni estará. No tenía tiempo.  Estaba aprendiendo muchas cosas de él, ahora yo tampoco tenía tiempo. Al menos eso contestaba a la mayoría de peticiones de John para salir. Aunque siempre terminase presentándose en casa para intentar animarme. Él era el único que aguantaba mi carácter agrio y mis pocas ganas de vivir.
Después de contemplar un par de segundos las camisetas y la ropa interior que se encontraban esparcidas por el suelo de la habitación, continué leyendo al observar que a mi alrededor nada era lo suficientemente brillante como para despertar mi interés, decidí seguir inmersa en las letras de aquella obra de Stephen King, que aunque estaba en un momento poco conciso, me ayudaba a sobrevivir otra noche más, y sus letras calmaban mi ansiedad.
El sonido del teléfono me disolvió nuevamente de la trama, cerré el libro bruscamente y suspiré.
— Se acabó el leer por hoy—me dije a mi misma.
Me acerque a mi mesilla y cogí el teléfono.
 — ¿Si? —Mi voz apagada hizo aparición.
 — ¿Samy?—preguntó de inmediato una voz agradable y hogareña que reconocí enseguida.
—Hola abuela, ¿Cómo va todo por Seattle?—cambié la voz, con la única persona con la que actuaba como siempre era con ella…mi abuelita, el único recuerdo que me quedaba de ella.
—Por aquí todo estupendamente cariño, se te echa mucho de menos, pero bien—por su tono de voz entendí que había sonreído.
—Pronto iré a visitaros, en cuanto Henry vuelva de su viaje a New York se lo pediré.
—Samy… ¿Cuándo le llamarás papá?, él está haciendo todo lo posible para ganarse tu cariño, deberías…—su voz sonaba triste.
—Es la costumbre abuela, ya sabes.
Permanecí en silencio unos segundos, no quería discutir con ella. A lo lejos sonó el eco de la voz de mi abuelo, grave y desentonada.
—Bueno hija, para cualquier cosa ya sabes donde están tus abuelos, te cuelgo que tengo que hacerle la cena a Frank, ¿vale?
—Vale abuela, mañana te llamaré, dale besos al abuelo.
Colgué rápidamente, una lágrima salió de mi ojo izquierdo, me la sequé con prisa y me senté en el suelo, no debía llorar mas, me lo prometí. Decidí salir a dar un paseo, había dejado de llover, el ruido de las gotas de lluvia contra mi ventana había cesado.
Me asomé a la ventana e inspiré aire fresco, eso me encantaba, sentir el frío viento de la noche sobre mi cara, mi pelo negro y brillante sobrevolaba sobre mi hombro. Me puse las botas negras que había comprado recientemente, y bajé por las escaleras. Al cerrar la puerta de la calle y sentir el hielo del viento, suspiré una bocanada de aire, y cerré los ojos…
Caminé por las aceras de Waterville, ya me había acostumbrado a ellas, eran limpias y sin muchos líos, mucho menos problemáticas que las de Los Ángeles, aunque hubiese dado lo que fuera por volver a escuchar esos gritos.
Conforme iba caminando, iba observando a la poca gente que había a mi alrededor, ya eran las diez de la noche y en un frio domingo como ese, las únicas personas que había por las calles eran las parejas que salían a dar vueltas nocturnas… Miré al cielo, estaba despejado, ya no quedaba nada de las nubes grises que minutos antes se habían amontonado en el inmenso color azul negruzco del cielo.
—Después de la tormenta siempre llega la calma ¿no?—me dije a mi misma en un susurro, lo único que me faltaba era que la gente me escuchara hablar sola…y pensara que estaba loca. Aunque quizá lo estaba, fuera lo que fuera dolía, un dolor constante vivía en mi pecho.
Me tumbé en un banco que había cerca de un quiosco…me adentré en el inmenso negro de la oscuridad de la noche, las estrellas se agolpaban formando colores muy llamativos, era realmente precioso, realmente precioso hasta para mi, una persona a la que no la impresionaba ni motivaba nada. Ya no. Nunca más. El psicólogo barato al que me llevaron el primer mes había denominado mi estado como insensibilidad pos-traumática. Según ese tío, que se creía Dios por tener un título colgado junto a la ventana de su despacho, me había creado un mundo nuevo, diferente, alejado del anterior, para no sentir dolor. Nada me molestaba, nada me importaba, nada existía.
Pero si que existían cosas, las estrellas. Las podía contemplar horas y horas. En los Ángeles no se veían. Aquí había muchas, agolpadas, unas sobres otras, parecían querer decirte cosas. Algo me distrajo. El sonido de una persona corriendo me hizo levantarme del banco y mirar hacia el sitio del que provenía el ruido. No había nadie. Tanto leer historias de monstruos en la oscuridad me había trastornado, lo mejor sería regresar a casa.

La vuelta a casa fue realmente estremecedora, tuve la impresión de que alguien me seguía todo el tiempo
—Tranquila Samantha, nadie te sigue…nadie—me dije a mi misma en tono burlón.
Lo había vuelto a hacer, volvía a hablar sola, eso no era normal. Por supuesto que para mí el concepto de normal no llegaba a asemejarse ni un ápice con lo que el gentío solía pensar. Una ráfaga de viento volvió a alzar mi pelo en el aire, me sentía cómoda en ese ambiente, aún teniendo la horrible sensación de que alguien me observaba…
Me giré varias veces, pero no vi más que la penumbra de la noche, y un par de árboles agitando sus ramas a causa del viento. Por fin llegué a mi portal, al entrar el calor se apoderó de mí, el cambio de temperatura me abrumó.
Subí las escaleras, ya que odiaba los sitios cerrados y estrechos, nunca subía por el ascensor aún viviendo en un tercero. Me tumbé en la cama, sobre las sábanas y me quedé dormida al instante.
A la mañana siguiente la alarma me despertó. Lunes. Estaba empezando a odiarlos, no me gustaba el instituto, ni los profesores, todos los días lo mismo, las mismas caras, el mismo sitio.                                                                                                                       Me sorprendió el verme tapada con la arrugada colcha negra, ya que según recordaba, la noche anterior había dormido sobre la cama, aunque decidí no darle importancia y me levanté en un salto.
Me vestí rápidamente, discreta como siempre…unos pantalones negros, con un cinturón plateado, que hacia juego con mi chaqueta fue la elección de ese día, a lo que acompañaba una camiseta color magenta con letras negras.
Salí rápidamente por la puerta, odiaba madrugar, por lo que siempre me levantaba con el tiempo justo.
A la entrada del instituto me encontré con Sarah y Rose, mis supuestas amigas, en mi interior lo único que sentía por ellas era un leve cariño, que no era nada comparado a lo denominado amistad.
—¡Ey Samantha!—Rose alzó la mano y la agitó con fuerza de derecha a izquierda, le respondí al saludo, levantando mi izquierda.
—Buenos días—dije una vez en el grupo.
—Antes de que empieces tu charla ambientada en la vida de tu querido Max, permíteme decir algo—dijo Sarah mirando a Rose de reojo.
Lo cierto es que se lo agradecí, Desde que Max, un chico de segundo de bachillerato, sin duda el más popular del instituto le dijo un simple y vulgar hola…la tonta de Rose no había dejado de mencionarle ni un segundo.
—Para tu información no pensaba hablaros hoy de él, le odio…—Rose agachó la cabeza, su pelo rojizo le cubrió la cara, su hilo de voz demostraba que algo “grave” había pasado.
—Esta bien Rose, déjame terminar y después estoy contigo—Dijo Sarah resignada, era ya una costumbre que Rose entristeciera por tíos…cada día uno diferente, en fin, algo tan sumamente aburrido que ni mi paciencia era capaz de aguantar.
—Adelante, habla de una vez—dije cortante.
—Es sobre ti Samantha…John me dijo anoche que le habías rechazado… ¿es eso cierto?
La cara de preocupación de Sarah hizo que una pequeña sonrisa se dibujara en mi cara, era increíble, ¿tanto importaba el simple hecho de que no quisiera a ningún tío en mi vida?
—Si, así fue—dije con tono despreocupado.
— ¿Cómo fuiste capaz de hacer eso?...él te quiere mucho y lo sabes.
—Eso no es culpa mía, no puedo hacer nada, solo fui sincera con él, sabes que no me gustan las relaciones amorosas Sarah —mi tono de voz fue bajando deliberadamente conforme hablaba.
—Eres tonta, John es el único chico que te ha prestado atención…es guapo, no sé, además es el único del planeta que te entiende.
Si, la verdad era que llevaba razón, John era un chico guapo, amable…y el único que entendía mi amor a lo extraño y mi odio a lo superficial. Pero no dejaba de ser un simple chico, que…pensaba y sentía al igual que el resto. Y el que sin duda se llevaría una gran decepción si le diese la oportunidad de conocerme más profundamente.
—Además fuiste muy dura con él, estaba muy afectado.
—¿Dura con él?, se lo dejé claro, lo único que hice fue confesarle que no tenía tiempo para ese tipo de sentimientos.
—¿Qué? ¿Le dijiste eso? Eres muy cruel Samantha—exclamó indignada Rose que había permanecido callada inmersa en su tristeza durante toda la conversación.
— Lo único que hice fue ser sincera con él, ¿de que hubiera servido que le mintiera?
El semblante de Sarah cambio totalmente, sus facciones se volvieron agresivas y su puño se cerró ágilmente en un gesto de ira.
—Mira, dejémoslo, solo te digo una cosa, y te lo digo porque te aprecio, ¿Por qué no intentas entender y respetar a los que están a tu alrededor? La vida es dura, y sé que lo has pasado muy mal pero… ¿Por qué no te dejas llevar un poco? Por favor Samantha, tienes diecisiete años, deja de entregarle tu vida a esos libros de historias fantásticas que te llenan la cabeza de estupideces, los vampiros, los trol y los hombres lobo no existen ¡Y nunca existirán! Sal de ese pozo porque nos estás arrastrando a todos.
 Cuando terminó su agitada charla, se dio la vuelta y cogió de la mano a Rose, ésta me miró con reproche y las dos se introdujeron ágilmente en el instituto.
Estaba acostumbrada a estas pequeñas charlas, aunque ésta me había impactado más de lo habitual, tal vez tuviera razón…tal vez la vida era más bella de lo que parecía y la respuesta estaba en sentir. ¿Amor? No me interesaba el amor. Ni las tonterías. Había salido con muchos chicos en mi antigua vida, pero nada de eso me parecía interesante ahora. Otra de las muchas secuelas, según el psicólogo.
El timbre que anunciaba la primera hora de clase sonó, me metí en ese edificio alto color crema y me introduje en un aula de la primera planta, la clase de historia.
Al entrar vi a Sarah y a Rose que se habían cambiado de sitio, estaba claro que querían estar lo mas lejos posible de mí, a mi otro lado se encontraba John… no sabía bien por qué pero ahora sentía lástima por él, no sabía que decirle, ni como tratarle después de lo ocurrido el viernes pasado. Lo que sentía por John era diferente. A veces sentía como si me hiciese bien estar a su lado. Incluso en algún momento había conseguido que me alejara un poco de todo. Tal vez había sido injusta con él.
Me acerqué a mi asiento y dejé mi mochila debajo de la silla, miré disimuladamente los ojos de John, se encontraban tristes y apagados, por un momento me olvidé de que él estaba ilusionado conmigo.
—Ehh…esto…John…siento lo ocurrido el viernes, y no sé espero que podamos seguir siendo amigos—fingí una sonrisa, no lo solía hacer pues me daba igual lo que la gente pensara de mí, pero este caso era diferente, no era justo tratar tan mal a alguien que se había portado tan bien conmigo. Las pocas sonrisas me las robaba él.
Su pelo castaño claro, se movió hacia un lado y pude ver otra sonrisa dibujada en su rostro, el brillo de sus ojos color azul le hacían aún mas guapo de lo que ya era, aunque yo nunca había conseguido apreciar dicha belleza. No del modo que todo el mundo esperaba.
—Entonces… ¿amigos?—le pregunté extendiendo mi blanca y fría mano.
—Claro, eso es lo que somos ¿no?—sonrió esta vez mas alegremente, cosa que me alegró, temía no poder volver a verle sonreír, si apreciaba realmente a alguien en aquel lugar era a John.
—Bueno chicos empecemos pues—una voz grave y aterciopelada al mismo tiempo me distrajo completamente de mi complicidad con John.
Unos ojos intensos, de color azul hielo, me dejaron atónita, jamás había visto tal cosa. Su mirada era tan fría como el hielo que se reflejaba en sus ojos...muy fría y…extraña. La curvatura de su barbilla era perfecta, nunca había visto nada igual, y su pelo negro flotaba en el aire haciendo remolinos, parecía sacado de uno de mis libros…si no le tuviera delante no creería que pudiera existir alguien así…tan extraño, y tan horriblemente guapo. Era diferente. En sus ojos parecía existir una energía que me atraía de manera endemoniada hacia él. Por primera vez en mi vida me sentí atraída por alguien, no era el simple hecho de que fuera tan…bello, era la energía que emitía a través de sus ojos, era el aura que le rodeaba y su rostro masculino de facciones perfectas lo que hacía que no pudiera despegar mis ojos de él.
Su aspecto era el de alguien joven, calculaba unos veinte años, demasiado joven para tanta belleza y masculinidad. Aunque el brillo de sus ojos me decía que su mente era mucho mayor de lo que su cuerpo mostraba.
—¿Quién es ese?—oí preguntar a Rose muy entusiasmada.
—Mira que rápido se olvidó de su queridísimo Max—farfulle en voz baja.
Su voz profunda me volvió a ensimismar.
—Hola, estaréis todos preguntándoos donde esta el señor Bins ¿no?, Bueno está enfermo, y yo seré vuestro nuevo profesor de Historia hasta que George vuelva.
Una sonrisa se dibujó en su rostro, hizo que sus relucientes dientes salieran a la luz, eran perfectos…todo era increíblemente perfecto.
—Tú no puedes ser nuestro nuevo profesor, si eres de nuestra edad—gritó Harold, el graciosillo de turno.
—Pues ya ves chaval, así me gano la vida, aunque os aconsejaré algo…—bajó su tono de voz a un leve susurro lo bastante alto como para que se oyese— que no os engañe mi aspecto juvenil…seguramente sea el profesor mas duro que tengáis en mucho tiempo.
Otra sonrisa brotó de sus labios, parecía estar disfrutando mucho riéndose de todos nosotros.
Vi como Cecil, la típica tía buena de la clase levantó la mano.
—¿si?—dijo nuestro nuevo profesor, pidiendo que hablase.
—Emm—se relamió los labios y se bajó el escote, hasta que todos los chicos de la clase se giraron y se hicieron los interesados mientras miraban su pecho ajustado, todos excepto John, que no se movió del asiento—quería preguntarle profesor…si es tan amable… ¿podría decirnos su nombre y su edad?—una sonrisa picara de niña buena salió de su labios.
Él se limitó a sonreír, para enmarcar aún más su perfección.
—Si, sería tan amable, aunque preferiría que cuando empiece a dar la clase, usted señorita se tape sus…—movió la mano señalándole el escote a Cecil—…adorables pechos y así permita que el genero masculino de esta clase pueda prestarme atención ¿seria tan amable?
La cara de Cecil cambió completamente, su sonrisa picara y seductora de antes, se había convertido en un sonrojo en las mejillas, y un rubor que se extendía por toda su cara.
Las risas masculinas aumentaron, y los chismorreos femeninos también.
—¿Señorita? Dígame ¿seria tan amable?—preguntó él con tono interesante.
—S—si, por supuesto—respondió Cecil todavía avergonzada.
Una leve sonrisa nació en mi cara.
De repente su mirada se posó en mi, estuvo varios segundos mirándome profundamente a los ojos…su rostro interesante y sabio me hizo sentir ganas de acercarme a él, pero me contuve en cuanto apartó la mirada y se la volvió a dirigir a Cecil.
—Bueno, como soy una persona totalmente amable, cuando se es también conmigo—dijo mientras Cecil se abrochaba los botones del escote de su camisa—Me presentaré encantado—volvió a sonreír esta vez de una manera sensual…se me pusieron los pelos de punta al instante—Mi nombre es Mike Godsen, y mi edad… —una carcajada pronunciada salió de su tibia voz—Tengo la edad suficiente para estar aquí dándoos clase—dijo finalmente en un tono suave y aterciopelado, realmente daban ganas de comértelo, aunque su fría mirada helaba y daba realmente miedo…pero para alguien como yo, que lo adoraba, no suponía ningún tipo de problema, solamente era una razón mas por la cual no podía apartar la vista de sus profundos y preciosos ojos.
Volvió a mirarme profundamente, tanto que creí que toda mi fachada, de chica dura iba a desparecer y me iba a derretir.
—Perdona…—preguntó John exaltado que al parecer se había dado cuenta de mi aturdimiento por Mike—¿No eres demasiado joven…para ser profesor?
Mike sonrió abiertamente, si seguía así iba a hacer que me acostumbrara a sus sonrisas.
—Sí, tienes toda la razón, podría decirse que….soy un enchufado—Me volvió a mirar y me guiñó un ojo.
—¿Y ahora podría decirme porque no lo hace de una vez por todas?—preguntó mirándome de reojo.
—¿Hacer qué?—preguntó John incrédulo.
—Cogerle la mano a su compañera naturalmente, estáis tan pegados el uno del otro que… ¿No es eso lo que mas deseas ahora mismo?
La piel de John cambió de color a un rojo aparente, mi rostro sin embargo no cambió…no solía ruborizarme nunca, no desde que todo ocurrió…y esta no sería la primera vez.
—¡Cállate! No tienes ningún derecho a decir infamias de ese tipo, ella y yo solo somos amigos—gritó mirándome por el rabillo del ojo.
—¿Alguien ha dicho lo contrario?—dijo serenamente en su tono relajado y tenaz.
Me miró, esta vez buscando algún rastro de rubor en mis mejillas o molestia en mi cara, pero no encontró nada de lo que buscaba y se dio la vuelta.
—Bien dejemos las tertulias para otra ocasión.—hizo una pausa prolongada y cogió una tiza de la mesa del señor Bins—Sigamos con la revolución francesa.
La clase se desarrolló lentamente, lo cierto es que no podía concentrarme por más que lo intentaba…su espalda ancha y confortable se extendía delante de todos nosotros cuando se giraba para escribir datos sobre la revolución, eran realmente interesante sus explicaciones, y su caligrafía era exquisita, pero no más que él.

Ese día salí del instituto sola, Sarah y Rose no me habían dirigido la palabra en todo el día pero lejos de importarme me agradó, me sentía más a gusto así, podía pensar sin la interrupción de cualquiera de ellas con conversaciones estúpidas y aburridas.
Me alejé lo más rápido que pude de la salida, odiaba el mogollón de gente que se formaba cuando tocaba el timbre…definitivamente la gente era algo tonta, ¿De que sirve salir tan corriendo? no por correr y empujar vas a salir antes, o eso o la tonta era yo. Saqué de mi mochila el mp3 una vez estuve lejos, lo encendí y me puse a escuchar música, la pantalla del aparato mostraba el nombre de Within of Temptation, uno de mis grupos favoritos. Me introduje en la música, y cerré los ojos conforme iba caminando, este lunes había sido horroroso, más que de costumbre. Tenía los ojos de John clavados en mi mente, por más que cerrase los ojos no se iban de mi cabeza…lo cierto es que me había portado muy mal con él, y por primera vez en mucho tiempo la culpabilidad invadió mi ser.
Caminé despacio mientras el viento cortante me helaba las mejillas, escuchaba la música como si fuera la única forma de escapar del mundo, de escapar de esta vida en la que había llorado más que sonreído.
De repente noté que una mano, aún mas helada que el frío viento me agarró la mía, me di la vuelta, y me encontré con Harold…el ser mas despreciable que había conocido en mucho tiempo, un infeliz que disfrutaba dañando a la gente.
Aparté mi mano de la suya en un abrir y cerrar de ojos, pulsé el pause del mp3, y le dirigí una mirada de asco.
—Hola Sammy—su tono era excesivamente chulo, el típico tío con el que te dan ganas de vomitar.
—Me llamo Samantha Ross, así que ahórrate el saludo, adiós un placer—Me di la vuelta enseguida bastante molesta.
Sentí como sostuvo un mechón de mi pelo con los dedos y me giré de nuevo.
—¿Qué quieres Harold?—pregunté al fin deseando que se largara lo mas pronto posible.
—Es simple—se paso la mano derecha por su pelo grasoso impregnado de gomina y me sonrió de una manera tan imbécil que lo único que se me pasó en ese momento por la cabeza fue escupirle en la cara—solo me preguntaba, ¿es cierto lo de Rivers?
—Te vuelves a equivocar Harold, se llama John.—dije cortante.
—Bueno, el nombre es lo de menos, ¿Pero es cierto? ¿Le dijiste que no?
—A ti eso no te importa—la mirada de asco ahora se había transformado en una mirada de odio…John era lo mejor que tenía y odiaba que me recordaran que le había hecho sufrir.
—Bien, me lo tomaré como un sí entonces— sonrió de nuevo e hizo un gesto de desaprobación con el dedo índice—No,no,no…has hecho muy mal Sammy…has desaprovechado tu única oportunidad, te has condenado tu solita a estar sola para siempre.—la satisfacción inundaba cada poro de su rostro.
—Te vuelves a equivocar Harold—esta vez hice yo el gesto de desaprobación con mi dedo níveo—No, no, no…porque… ¿Siempre me quedaras tú, no?—me acerque con expresión juguetona hasta estar muy pegada a él.
—Mas quisieras tú…antes muerto—su voz se quebró en las últimas palabras, se estaba poniendo nervioso.
—¿Ah si?, entonces muérete—susurré cuando estuve lo suficientemente cerca de su oreja.
Me alejé de él lentamente y observé su rostro…sus pómulos antes helados estaban ahora cobrando un color rojizo.
Me agarró fuertemente de la muñeca y me acercó de nuevo hasta su cuerpo.
—Por tu bien ser despreciable…suéltame—dije con ímpetu al ver la lujuria en su rostro.
—No pienso hacerlo, ¿Quieres jugar Ross? Pues juguemos…será interesante, a decir verdad nunca me he enrollado con una siniestra, nunca he estado con una amargada.
Una mueca se dibujó en mi cara, en ese momento podría haberle estrangulado con mis propias manos con gusto, pero por mucho que intentaba escaparme, sus manos fuertes me mantenían pegada a él.
—Asqueroso gilipollas ¡Suéltame!—mi voz se alzó, la gente que pasaba miraba expectante pero nadie se detuvo para intentar ayudarme.
Conseguí mover el pie y le di una patada en la entrepierna con todas mis fuerzas.
Por fin logré escapar dejándole tirado en el suelo.
—Esto no se va a quedar así—dijo intentando levantarse.
—Adiós, estaré esperando tu venganza.
Me giré y me acerque a la parada de autobús, no me apetecía andar, así que me senté a esperar al 203.
Sin darme apenas cuenta alguien se sentó a mi lado, yo seguí ensimismada en la música y me limité a tararear algunas de mis canciones.
Me sentí observada y miré a la persona que tenia al lado.
Unos ojos grises azulados perturbaron mi cabeza, se me cortó la respiración y por un momento sentí que me iba a desmayar.
Él se limitó a sonreírme al percatarse de que había captado su mirada.
Paré la música y me dispuse a hablar.
—Profesor.—dije finalmente en un intento de poder articular palabra.
—Perdona si te he incomodado—dijo con una gran sonrisa.
—No, no lo ha hecho, solo me preguntaba si quería decirme algo.
—No, bueno, vi lo que pasó antes en el instituto, me ha resultado interesante—volvió a sonreír.
—¿Interesante?, ¿le resulta interesante que un idiota me moleste profesor?
Volvió a reír, esta vez con más fuerza.
—No, no es eso—su sonrisa a flor de piel permaneció en sus labios.
—¿Entonces, qué es interesante?—pregunté curiosa.
Él se quedó mirándome fijamente a los ojos, una ráfaga de viento hizo que mi pelo sobrevolara junto a mi cara, Mike centró su mirada de hielo en mis negros cabellos y me volvió a mirar, con una sonrisa se dispuso a decir:
—No te lo puedo decir, es secreto, lo que lo hace aún mas interesante—su sonrisa se amplió al decir estas palabras.
—A mi me resultaría mas interesante si supiera de que se trata—dije finalmente con mi rostro frío y serio de siempre, aunque debía reconocer que su sonrisa ablandaría hasta mi rostro de mármol.
Volvió a sonreír y sus facciones brillaron con un rayo de sol…así era incluso más perfecto, pensé que no iba a soportar estar cinco segundos mirándole sin caer desmayada al suelo o…salir corriendo.
—Está bien, si no me lo quiere decir señor Godsen…déjeme que le pregunte yo algo.
Su rostro dulce se volvió amargo en una milésima.
—No me llames así por favor, llámame Mike.
—Profesor, la verdad es que no acostumbro a llamar a los profesores por sus nombres de pila, así que le llamaré profesor.
Rió jovialmente.
—Vale, como quieras.
—Bien, entonces…profesor, ¿De donde es usted?
Se me quedó mirando asombrado y decepcionado, obviamente esa no era la pregunta que esperaba.
—Nací aquí, en Washington, pero he viajado mucho, ¿Para qué lo quieres saber, alumna?—sus ojos de hielo se clavaron en los míos, era como si le conociera de algo, ese rostro tan perfecto, tan bello no podía ser real, y estaba segura de que aquí en Washington no existía gente así, con esos rasgos tan varoniles y tan increíblemente deslumbrantes.
—Simple curiosidad, tu rostro no me parece americano—sonreí por primera vez en toda la conversación.
Su sonrisa se abrió frente a mí, dejando a la luz unos preciosos y brillantes dientes, perfectamente alineados.
—Sabes sonreír…Hummm... eso sí que es interesante.
Le miré desafiante, no había ningún rasgo de imperfección alguna mirase por donde mirase.
—No es posible.—sin darme cuenta expresé mis pensamientos en alto, era algo que solía hacer, hablar sola, pero había ignorado algo, ahora no lo estaba.
—¿Qué no es posible?—preguntó él sin perder la sonrisa.
—Nada, suelo expresar lo que pienso en alto de vez en cuando, lo siento—dije mirando hacia otro lado, ya que sus profundos ojos me estaban empezando a perturbar muy seriamente.
Noté como su mano cálida rozó mi barbilla y me impulsó de nuevo hacia su mirada.
—¿Y que estas pensando ahora mismo?—me preguntó muy cerca de mi cara, pude sentir su aliento en mi boca, era frío como el hielo…al igual que sus ojos, no era posible…
—Me preguntaba si la perfección existía—le dije sinceramente en un acto de despiste.
Me miró de nuevo intensamente, esta vez su sonrisa se desvaneció.
—Interesante pregunta, afortunadamente la respuesta es no.—su sonrisa volvió a inundar su rostro.
—¿Afortunadamente?
—Por supuesto, si existiera, la belleza interior de cada persona dejaría de importar.—Esta vez su explicación sonó seria y explicita, como la de un duro profesor.
—La perfección no tiene porque ser sólo física y aunque lo fuese ¿Alguna vez ha importado eso en esta sociedad profesor?—pregunté con un rastro de indignación en mi mirada.
Mike empezó a reírse a carcajadas.
—No le veo la gracia—dije frustrada.
—Yo si, me divierte el hecho de que lo diga alguien como tú, alguien tan…—su frase quedó incompleta y por la sonrisa de su rostro supuse que no obtendría la continuación.
—¿Tan…tonta?
—No…tan inexperta, joven…, en definitiva alguien interesante.—volvió a reír.
El sonido de un motor impregnó la melodía de su sonrisa y me hizo volver al planeta tierra. El 203 había llegado, era el mío.
Me levanté del asiento en el que me encontraba muy cerca de él.
—Me tengo que ir, es el mío—dije mirándole desde arriba, pues el seguía sentado.
Hizo un gesto con la cabeza de afirmación y me volvió a sonreír, esta vez cálidamente.
Me giré para irme, y su cálida mano volvió a detenerme. Me di la vuelta, y le encontré de pie frente a mí, tuve que alzar la vista, ya que debía medir cerca del metro noventa. Y mi metro sesenta y cinco no alcanzaba para igualarle.
—Recuerda algo Samantha, la perfección no existe, solo existe la belleza extrema—me guiñó un ojo, que hizo que me quedara embobada unos segundos, pero rápidamente me percaté y volví a mi estampa fría y sólida. Me giré y sin decir nada subí al vehículo.          Me senté en el primer asiento libre que encontré y miré por la ventana que se hallaba a mi lado.

Su sonrisa sí lo era, perfecta, y su mirada… sus ojos se clavaban en cada parte de mi ser.


Dalia mc

3 comentarios:

Carolina Rovai dijo...

Genial Dalia, engancha¡,,

DaLiia dijo...

Gracias guapísima, me alegra que te haya gustado, ahora mismo me paso por tu blog y te leo =)

D. C. López dijo...

Hola, guapa!

Cuánto tiempo sin saber de ti!

Tengo un nuevo concurso en el club al que perteneces. Te dejo el enlace por si te interesa:

http://elclubdelasescritoras.blogspot.com.es/2015/01/te-gustaria-conseguir.html

Saludos y feliz jueves!

Pd: Si no te interesa participar pero, en cambio, sí quieres ayudarme a promover mi novela, te estaría muy agradecida si lo hiceras!